¿Es el índice de masa corporal (IMC) un indicador fiable del sobrepeso?

 

 

El índice de masa corporal o IMC es el parámetro más usado para determinar si una persona tiene un peso normal o, si de lo contrario,  ese peso está por encima o por debajo de lo que la comunidad médica y científica considera saludable. Es una medida que asocia la masa con la talla y fue elaborada por un famoso estadístico belga llamado Adolphe Quetelet, que además, era astrónomo, matemático y sociólogo y que ya en el año 1835 publicó una obra en dos volúmenes titulada “Sur l’homme et le développement de ses facultés. Essai d’une physique sociale” en la que hacía  un resumen de sus investigaciones en estadística aplicada a las variables antropométricas y al comportamiento social.  Una obra cuestionada en su tiempo porque daba a entender un cierto determinismo “social” en base a las características antropométricas de cada sujeto. En esa obra Quetelet señalaba que “Durante el primer año de vida el aumento del peso es mucho mayor que el de la estatura. Después del primer año de vida y hasta el fin del desarrollo, el peso aumenta con el cuadrado de la estatura”. Por lo tanto no fue Quetelet quien estableció entonces el índice de Peso/Talla al cuadrado como un índice de obesidad; sus fines eran otros. Las investigaciones sobre las implicaciones de las anomalías en el peso corporal a partir de esta famosa “fórmula” de Quetelet son muy posteriores a su época. En realidad esta fórmula comenzó a utilizarse a principios de la segunda mitad del siglo XX y ya en el año 1972  Ancel Keys, conocido como el padre de la dieta mediterránea, asignó el nombre literal de Body Mass Index (Índice de Masa Corporal) a este patrón matemático, sencillo y fácil de utilizar, el resultante de dividir el peso del sujeto en kilogramos entre su altura  en metros al cuadrado.

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A pesar de que esta fórmula fue elaborada  hace casi 200 años y de comenzar a usarse desde hace poco más de medio siglo, no fue hasta 1985 cuando en un trabajo titulado ‘Quetelet’s index (W/H2) as a measure of fatness  se asentaba la  correlación entre el IMC y la adiposidad, dando muestras de en qué situación ponderal estaba cada sujeto. Este trabajo fue publicado en el  “International Journal of Obesity”, donde  sus autores Garrow JS. y Webster J.  concluyen  literalmente que “Quetelet’s formula is both a convenient and reliable indicator of obesity” (“El índice de Quetelet es un indicador tanto apropiado como fiable de la obesidad”) tras haber comparado la composición de 128 sujetos (104 mujeres y 24 varones) a través de  dicha  fórmula. Posteriormente, los resultados de este trabajo se fueron  corroborando y con ello se han ido ajustando los puntos de corte que hoy se manejan, los cuales se indican en la tabla 1 y que son los que se utilizan  en todos los estudios epidemiológicos relacionados con la composición corporal, para determinar una situación de normalidad  o una situación patológica de mayor o menor grado en relación al peso corporal.

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Estudios efectuados por la Organización Mundial de la Salud (OMS)  a través de la aplicación de esta fórmula muestran que  el futuro que nos espera es deprimente, ya que Europa se enfrenta a una crisis de obesidad “de enormes proporciones”  de aquí al 2030. Son varios los informes que sitúan  a España entre los países donde se espera un mayor  incremento  de este problema y  se calcula que para dentro de 15 años habrá aproximadamente un 30%  de individuos que presenten  obesidad (hombres  36%; mujeres 21%) y un 70% entre  sobrepeso y obesidad (hombres 80%; mujeres 58%). Desde 1980 la obesidad se ha doblado en todo el mundo, según la OMS, que lleva años avisando de la expansión de la epidemia. Y ya se sabe que la obesidad es un factor de riesgo de enfermedades cardiovasculares, trastornos metabólicos,  diabetes, fatiga,  trastornos del aparato locomotor como la artritis, la artrosis  y algunos cánceres como el de mama y colon.

Son varias las investigaciones realizadas  desde 1987 en colaboración con el actual Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, que destacan el continuo aumento de la obesidad, que desde el año 2012 afecta ya al 17 % de la población adulta (18 % de los hombres y 16 % de las mujeres), mientras hace 25 años sólo el 7,4 % de la población de 18 años o más tenía un índice de masa corporal igual o superior a 30 kg/m2. Y además, si tenemos en cuenta también el sobrepeso el porcentaje de adultos afectados hoy en día  supera  el 53 %. Aunque la obesidad es más frecuente a mayor edad (excepto en mayores de 74 años según el IMC), la prevalencia de sobrepeso y obesidad infantil (de dos a 17 años) llega al 27,8%. Es decir, uno de cada 10 niños tiene obesidad y dos sobrepeso, datos que son similares para ambos sexos. Y, como dato a resaltar,  España es el país de Europa con mayor evolución en las tasas de obesidad, donde cada vez son más los niños que adquieren este patrón y lo peor es que  el problema va a más.

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La revista científica The Lancet dedicó en febrero pasado un especial de seis artículos al problema de la epidemia mundial de obesidad. “A pesar de algunas áreas aisladas de mejora, ningún país ha sido capaz de revertir la epidemia de obesidad hasta la fecha”, aseguraba el primero de ellos. También el artículo criticaba el ritmo “inaceptablemente lento” de las medidas para combatir el problema. La OMS se marcó el objetivo de mantener la incidencia de la obesidad en 2025 en los mismos niveles de 2010 en su plan para el control de las enfermedades no transmisibles. Los datos presentados en Praga parecen indicar que ese objetivo no se cumplirá en  Europa. Desde mi punto de vista, el objetivo se queda corto, pues mantener algo que está tan mal no es lo mejor; lo ideal sería bajar las tasas de obesidad y recuperar los valores de hace unas décadas, pero para ello, los que tienen el poder han de tomárselo más en serio. La solución es bien sencilla, pero para ello hay que luchar contra las grandes empresas de la industria alimentaria y la equivocada información que muchos medios de comunicación realizan en su favor.

Y señalar, que todas estas conclusiones se han realizado gracias al uso del  IMC como indicador del sobrepeso y de la obesidad tanto en la población infantil como en la población adulta. Pero la realidad es aún peor. Muchas personas con un índice de masa corporal  “normal” presentan porcentajes de grasa elevados tanto a nivel subcutáneo  como a nivel visceral y es precisamente esa gran cantidad de grasa la responsable de la mayoría de las patologías asociadas a la obesidad. Es decir, una persona de 1,74 metros, con un peso de 70 kilos (lo que equivale a un IMC de 23,1) y con un porcentaje graso del 37%, tendrá más probabilidades de presentar patologías futuras asociadas a la obesidad que otro individuo que con la misma altura pese 78 kilos (lo que equivale a un IMC de 25,8; es decir, lo que los organismos oficiales definen como sobrepeso de grado 1) y que tenga un 15% de masa grasa. Pero eso no se contempla en los estudios y la realidad muestra que son más los individuos con normopeso que presentan elevados índices de grasa que aquéllos con sobrepeso que muestran índices bajos de grasa corporal. Esto último suele darse  generalmente en población deportista y en los estudios epidemiológicos no se tiene en cuenta este factor, puesto que medir la grasa es más costoso que pesar y tallar.  Los índices de sobrepeso y obesidad serían más elevados que los actuales si se  midiera la grasa corporal. Valores por encima del 25% en hombres adultos  y por encima del 35% en mujeres adultas indicarían una obesidad, independientemente del peso corporal  y este dato es el que debería tenerse en cuenta en todos los estudios, pues medios hay y muchos. Hay que contextualizarse.

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Desde mi punto de vista, la aplicación de una fórmula tan sencilla para determinar de forma absoluta si uno tiene sobrepeso y/u obesidad, es totalmente cuestionable. Así que si uno tiene un IMC de 24,9, está en situación de normalidad y si posee un 25,1 ya tiene sobrepeso. Esa diferencia puede ser de menos de 300 gramos y como ya he resaltado varias veces, esta fórmula no tiene en cuenta otras variables que son determinantes para precisar una situación de normalidad o anomalía en relación al peso corporal.

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Deportistas de nivel, con índices de masa corporal por encima de 27 y que presentan porcentajes de grasa inferiores al 10%, presentan cuerpos acordes a la actividad que practican y no son preobesos. En estas imágenes ambos presentan IMC por encima de 27 y si por algo destacan es por su extraordinaria calidad muscular y por su alto rendimiento deportivo.

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En muchas personas con índices de masa corporal por debajo de 25, esos resultados no indican una adecuada composición corporal. Su grasa a nivel central puede predecir complicaciones metabólicas a medio-largo plazo. Un parámetro más fiable que el IMC es la relación cintura a nivel umbilical con respecto a la altura, cuyo resultado debe ser menor a 0,5. En estas tres imágenes, aplicando el IMC, sólo está con sobrepeso el individuo de la derecha (1,89m; 91kg).

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Dos jugadores del Helvetia Anaitasuna, el de la izquierda con un IMC de 25,6 (82kg-1,79m) y el de la derecha con un IMC de 26,3 (95kg-1,90m) y ambos con porcentajes de grasa por debajo del 10%. ¿Ambos tienen sobrepeso? ¿Qué resultados obtendría si midiera  a la plantilla del F.C Barcelona de Balonmano? Más de la mitad de su plantilla, utilizando los patrones actuales, tendría sobrepeso y preobesidad. ¿El mejor equipo del mundo con tanto sobrepeso?

En la mayoría de los individuos se observa un incremento de peso con el paso del tiempo  y en realidad ello no debería ser así, puesto que lo natural es perder peso con la edad. Un individuo con 25-30 años está en total plenitud en todos los sentidos y es el momento en que la masa muscular se encuentra en proporciones máximas. En la década de los 40-50 años, se produce un descenso en este sentido, que va agravándose con el paso del tiempo. Se achaca a la menopausia y a la andropausia como responsables de dichos cambios y nada más lejos de la realidad. Las transformaciones corporales que se producen a partir de entonces son causadas por: la bajada en el total de la masa muscular, lo que conlleva a un descenso en el ritmo metabólico del organismo; la lógica caída de determinadas hormonas que tiene lugar a partir de edades maduras; la disminución  en el gasto energético derivado del ejercicio y, sobre todo, al asentamiento de malos hábitos nutricionales que se repiten constantemente a lo largo del tiempo. Y ya a estas edades, lo más difícil es cambiar de hábitos y sobre todo adherirlos en tu estilo de vida de forma regular. En estas épocas los malos hábitos van a afectar mucho más (ya no tenemos el ritmo metabólico de edades más jóvenes) y por lo tanto es el momento ideal para “aprender a comer”, puesto que de no ser así, las tendencias que se producen en la distribución de la grasa corporal seguirán aumentando y con el tiempo resultará más difícil el poder disminuirlas. Con el paso de los años, uno debe tener la madurez suficiente como  para saber qué es lo que debe comer. Y comer bien simplemente equivale a  nutrirse bien, puesto que lo realmente importante es que el funcionamiento celular sea óptimo y quien así lo hace posee una adecuada composición corporal, es decir, no debería  tener ningún problema para regular su peso corporal. Por lo tanto la única solución pasa por “aprender a comer” de forma lógica y  razonable.

Por lo tanto, el peso en sí no dice nada. Lo importante es cuánta grasa corporal está en ese peso y más importante aún dónde está localizada, que de estar muy alta a nivel central y visceral puede tener repercusiones negativas y afectar al estado de salud global.

Pero además de tener en cuenta el índice de masa corporal que, como acabamos de ver,   su  resultado incita cuanto menos a una reflexión o el porcentaje de grasa corporal, cuyo valor es más razonable sobre la idea de un peso o no adecuado o tener en cuenta las tendencias en que se manifiesta esa distribución de la grasa corporal, fruto de errores repetidos y asentados en la manera de comer, es más importante considerar  el nivel energético en que se encuentra cada uno. Este último puede estar influenciado por muchas variables. Un buen descanso, un control adecuado del estrés y una calidad alta en los alimentos que se incorporan al organismo, producen un fortalecimiento del sistema inmune y  un incremento en el nivel energético del individuo. De lo contrario, las consecuencias pueden ser fatales a medio-largo plazo. Por ejemplo, una subcarencia de un micronutriente repetida en el tiempo puede derivar en una patología y, ante ello, ya puedes tener un peso correcto o un porcentaje de grasa corporal idóneo;  las sensaciones ya no serán buenas y un estado de fatiga crónica será el resultado final. Y eso no es calidad de vida.

Así que, como conclusión final y de manera general, “come de la manera en la que está programado un ser humano, bebe lo mismo que hidrata a cualquier animal sediento, procura tener un buen descanso, realiza ejercicio de intensidad moderada y de forma regular,”  y, con todo ello, seguro que tanto tu peso como tu grasa y tus niveles energéticos estarán en niveles óptimos.

Ah, se me olvidaba, yo también tengo sobrepeso. 78,2kg-1´765m. (IMC=25,1)

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