La salud comienza en el intestino

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Poco a poco se acerca ya el final de estas fiestas y, al margen del peso que se ha podido ver incrementado (que es sencillo de recuperar, puesto que lo que rápido se ha cogido, rápido se puede perder), ¿quién no ha tenido algún que otro problema en la región intestinal? Que si hinchazones, pesadez, dolor, gases, molestias gástricas, reflujos, ardores, malas digestiones, irregularidad en las deposiciones, ruidos estomacales, estreñimiento, nauseas, acidez, etc.

Si alguno de estos signos ha sido más frecuente de lo habitual o sigue siéndolo, es hora de cuidar este órgano del que tanto dependemos para estar en buena armonía. Estos síntomas no son más que avisos que nos manda el sistema digestivo de que algo no va bien; es su lenguaje y debemos saber interpretarlo. Y es normal haber padecido alguna de estas molestias si es que nos hemos pasado en comidas y bebidas, hemos masticado insuficientemente y abusado del dulce o de las comidas excesivamente grasas y largas en el tiempo, de los constantes picoteos, de las salidas y del alcohol. Y como consecuencia, estos signos intestinales también se manifiestan en otras partes del organismo en forma de dolor de cabeza, pérdida de energía, irritabilidad, dolores musculares, aumento del perímetro de la cintura e incomodidades varias.

Y es lógico que todo ello repercuta en el intestino, que además de ser barrera donde se absorben los nutrientes y barrera donde teóricamente se impide el paso de moléculas extrañas, posee una gran actividad neuronal. Hemos de saber que el sistema digestivo tiene una extensa red de neuronas, cuya estructura es idéntica a la estructura de las neuronas cerebrales, que goza de la capacidad de liberar los mismos neurotransmisores, hormonas y moléculas químicas. Es decir podemos definir al sistema nervioso entérico como nuestro segundo cerebro donde, por ejemplo, se produce la mayor parte de la serotonina del cuerpo y una gran parte de la dopamina y otros tantos neurotransmisores, como respuesta a una alimentación y a una digestión sanas. Se dice que de un buen funcionamiento intestinal depende nuestro carácter y no hay nada más cierto. Para pensar bien, hay que comer bien y digerir bien.

El tubo digestivo, comienza en la boca y se extiende hasta el ano, mide más de 10 metros de longitud y entre sus funciones principales están la de absorción de nutrientes, eliminación de desechos y la de colaboración y simbiosis con todos los microorganismos que en él conviven. Pensar que el intestino actúa como un segundo cerebro no es algo nuevo si vemos como razonan las culturas más orientales. Para ellos, el vientre era y es el centro de la energía vital del organismo, donde se integran mente y cuerpo. ¡Aprendamos a escucharle!

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El intestino, es el órgano fundamental donde se fragua la salud de cualquier persona, donde posiblemente comienza el origen de muchas enfermedades serias cuyas causas actuales no están claras y donde habitan millones y millones de diminutos seres, que pueden o no, ayudarnos a estar mejor. Es difícil saber con exactitud los habitantes que allí conviven con nosotros aunque, al margen de las típicas variabilidades individuales, estudios recientes indican que nuestro tracto digestivo alberga aproximadamente 100 billones de microorganismos (microbiota intestinal), de los cuales apenas conocemos un 10%. Y se estima que el número de estas células sobrepasa al de células humanas en unas 10 veces, es decir que somos un 10% célula y un 90% microorganismo o lo que es lo mismo, a nivel de recuento celular se puede afirmar que somos un 90% bacterias.

Así que estamos perdidos si no las cuidamos como es debido, alimentando a las que nos hacen bien y tratando de no incrementar el número de las que pueden causarnos algún problema (ni que estas invadan zonas que no les corresponden, fenómeno conocido como disbiosis intestinal), procurando ir al baño con frecuencia para eliminar los subproductos derivados de la digestión, ya que de no realizarse adecuadamente, pueden alterar nuestro estado de ánimo y nuestra salud.

La membrana intestinal posee muchas funciones, entre ellas están la absorción de nutrientes, la producción de enzimas digestivas y además es una barrera protectora que actúa como la primera línea de defensa contra factores peligrosos del Medio Ambiente, entre ellos virus, bacterias, aditivos químicos, metales pesados u otros compuestos tóxicos. Pero si esta permeabilidad es excesiva, la membrana ya no es tan protectora y esta primera barrera de defensa comienza a fallar y aparece el fenómeno denominado hiperpermeabilidad intestinal o síndrome del intestino agujereado, lo que hace que atraviesen la mucosa intestinal proteínas insuficientemente digeridas, bacterias, toxinas, u otras sustancias no deseables. Esto conlleva consecuencias negativas y posiblemente sea una de las causas de alguna enfermedad de origen autoinmune, si no se corrige a tiempo.

Debemos aprender a cuidar nuestra barrera intestinal y a nuestros huéspedes, puesto que realizan una serie de funciones que van a influir tanto en nuestra respuesta inmunológica, en nuestro metabolismo, en nuestro comportamiento y en definitiva, en nuestra salud. La diversidad microbiana es importante y podemos encontrar más de 500 tipos de especies bacterianas diferentes en nuestro tracto digestivo. Es crucial que haya una buena armonía entre ellas, para no caer en alguna patología seria y si dominan algunas, que sean las que nos proporcionen beneficios claros. Parece ser, que las personas con menor diversidad, como los sedentarios, los obesos y los que presentan alguna enfermedad inflamatoria intestinal, tienden a presentar mayor adiposidad, resistencia insulínica, dislipidemia y un fenotipo inflamatorio más acentuado, comparado con aquellos con alta diversidad en su flora intestinal.

Jeffrey Gordon microbiólogo de la Universidad de Medicina Washington en St. Louis, uno de los pioneros en el estudio de la flora intestinal, demostró en el 2006 que las personas obesas poseen un contenido de microorganismos completamente diferente en su intestino al de una persona delgada. Cuando algunos voluntarios estuvieron un año a dieta y perdieron hasta un cuarto de su peso, el contenido bacteriano de sus intestinos varió hasta ser similar al de las personas delgadas. Su teoría, basada en estudios realizados en ratones, es que parte de la tendencia a ganar peso puede proceder de microorganismos intestinales que liberan más calorías de la comida que las bacterias que encontraron en personas delgadas. Los científicos esperan hallar alguna pista acerca de cómo pasa esto comparando el microbioma del intestino de personas obesas y delgadas, y los resultados pueden ayudar a determinar si los prebióticos u otros suplementos pueden ser usados para “mejorarlo”). Por lo tanto, otro de los innumerables beneficios del ejercicio físico, es que parece ser que mejora la diversidad de bacterias en el aparato digestivo, lo que produce beneficios tanto en el sistema inmunológico como en el metabólico.

Son demasiados nuestros compañeros de viaje y hemos de aprender a tratarlos “con cariño”, puesto que una flora saludable, es importante tanto para la digestión como para la absorción de nutrientes, ayuda en la producción de una serie de vitaminas (vitamina K2 y pequeñas cantidades de vitaminas B1,B2,B8 y B12), en la producción de algunos aminoácidos (la industria alimentaria utiliza bacterias para fabricarlos) y en la eliminación de toxinas, potencia el sistema inmunológico y la salud mental, incluyendo la capacidad para resistir la ansiedad, el estrés y la depresión; ya se habla de psicobióticos, es decir un género de probióticos (organismos vivos con efectos saludables) que al ser ingeridos en cantidades adecuadas producen un beneficio en la salud de pacientes que sufren enfermedades psiquiátricas (seguro que en breve comenzará su comercialización). Quizá algún día se descubra que determinados rasgos de nuestra personalidad dependen del tipo de microorganismos que habitan en nuestro interior, es sólo cuestión de tiempo.

Con todo ello, no estaría de más, cuidar nuestra flora beneficiosa y nuestro “segundo” cerebro. ¿Y cómo lo hacemos?

Pues teniendo en cuenta una serie de factores, de los cuales muchos de ellos son de sentido común. Reconozco, que como decía el Dr. Francisco Grande Covián, primer presidente de la Asociación Española de Nutrición, “es más fácil cambiar de religión que de hábitos en alimentación”. Pero, la actitud de quienes tienen algún problema de salud, vence a cualquiera de estos dichos y como ya decía Hipócrates hace casi 2500 años, “la salud comienza en el intestino , así que para todos aquellos que decidan aplicar esto último, aquí van una serie de buenos consejos.

En primer lugar eligiendo aquéllos alimentos más ricos en fibra y en nutrientes de calidad, como las frutas, las verduras, los cereales integrales (en quienes no son celiacos, aunque también decir que cada vez son más los que presentan algún problema relacionado con el gluten y deberían evitar el consumo de trigo en todas sus formas, que no son pocas, ya que más de un 70% de los productos manufacturados contienen gluten), las legumbres, las semillas y los frutos secos. Destacar en estos tres últimos grupos de alimentos el alto contenido en fitatos, importantes en la prevención de litiasis renal, útiles para combatir las calcificaciones cardiovasculares, detoxificantes ya que tienen la facultad de unirse a metales tóxicos, como el cadmio y el aluminio, facilitando su eliminación junto a las heces, evitando que desde el intestino pasen a la sangre e interesantes también en la prevención del cáncer de colon.

Así, un buen consejo para este invierno sería el de consumir legumbres dos o tres días a la semana, alimentos muy típicos de la dieta Mediterránea, como los demás citados, que por cierto es una dieta de la que todos hablan y pocos cumplen.

En segundo lugar, reduciendo en la mayor medida aquellos alimentos con alta carga de azúcares refinados, harinas blancas y grasas de dudosa calidad, muy típicas en estas fechas (pero que muchos las adhieren como hábito) y que no favorecen un entorno intestinal favorable, sino, todo lo contrario.

En tercer lugar, evitando aquellos alimentos con altas cargas de aditivos químicos en su composición, entre ellos, gran parte de los procesados.

En cuarto lugar, aumentando la ingesta de líquidos, agua principalmente y también caldos de verduras, infusiones digestivas y/o depurativas, té verde de calidad, té kukicha, té mu, etc., tomados fuera de las comidas.

En quinto lugar, reduciendo fármacos que dañan a la microbiota beneficiosa o interfieren en algunas fases del proceso digestivo (antiácidos, AINES, antibióticos, esteroides,..).

En sexto lugar, masticando y ensalivando el alimento hasta convertir en líquido todo lo ingerido, para así facilitar el trabajo de las enzimas digestivas y los procesos de absorción de los principales nutrientes, pues nuestras células funcionan con vitaminas, aminoácidos, ácidos grasos, minerales y oligoelementos y debemos facilitar la absorción de todos ellos. Además sería indicado aumentar el consumo de alimentos crudos, respetando este principio básico de una correcta masticación.

En séptimo lugar, “controlando” el estrés en la medida de lo posible, pues además de reducir la secreción de enzimas digestivas (lo que impide una correcta digestión y favorece el crecimiento de la flora patógena), hay una estrecha relación entre las alteraciones emocionales y las alteraciones intestinales, por lo que hemos de aprender a gestionarlo y comer siempre que se pueda en un entorno tranquilo, agradable y dedicando el tiempo suficiente, pues si vamos a comer con estrés, mejor dejarlo para otro momento.

En octavo lugar, realizando ejercicio con frecuencia, pues como he mencionado, la actividad física regular, además de favorecer la regulación del ritmo intestinal, mejora la diversidad de la flora bacteriana, procurando beneficios tanto a nivel inmunológico como metabólico. Si, además, los alimentos escogidos son ecológicos, vamos por buen camino; si añadimos aceites vírgenes de calidad, la lubricación y nutrición de las mucosas será perfecta. Si empleamos algunas especias como el jengibre, la cúrcuma, el hinojo, el comino, el anís, la manzanilla, la canela, el cardamomo, etc. y reducimos el consumo de sal, todavía mejor; y si procuramos no hincharnos cada vez que nos sentamos a comer, no picotear y dejar descansar nuestro intestino al menos tres horas entre cada toma, pues terminamos rizando el rizo.

Y en último lugar, incluyendo algún nutriente, que lo alimente y lo fortalezca, para que no sea excesivamente permeable al paso de moléculas indeseables, entre ellos destacar a los ácidos grasos omega 3, a la L-glutamina, el jugo de aloe vera, la incorporación de algún prebiótico y algunos alimentos fermentados ricos en probióticos, como el yogurt natural, el chucrut, el miso, que pueden ser interesantes si es que las molestias intestinales han persistido en el tiempo y se han cronificado. También podemos incluir el consumo de algún tipo de algas que, aunque no son típicas en nuestra cultura, aportan gran cantidad de minerales y fibra y favorecen los procesos de detoxificación al ayudar a la quelación de numerosas toxinas, que se eliminan en el proceso de defecación.

Y si tomamos conciencia de ello y tratamos de aplicarlo, seguro que empezamos el nuevo año con buenos propósitos, con buen funcionamiento intestinal y con mejor salud.

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